Marcos Gingins
Durante millones de años los rumiantes se especializaron
para explotar un nicho ecológico muy especial: la digestión de los materiales
celulósicos componentes de los pastos. Fueron transformando la primera parte de
su sistema digestivo en una enorme cuba de fermentación donde, con la ayuda de
bacterias y protozoarios simbióticos,
pueden transformar la pared celular de gramíneas y leguminosas en
compuestos nutritivos para ellos. Celulosa y hemicelulosa fueron los carbohidratos
que se convirtieron en su principal fuente de energía. Raramente tenían acceso
al consumo de granos, que les aportaban algo de almidón. Esto sólo ocurría en
algunas ocaciones, al final de la primavera y el otoño y por un corto período de tiempo. Esta dieta
alta en fibras les suministraba suficientes nutrientes para crecer y
reproducirse y les permitió convertirse en los habitantes más numerosos de las
praderas como lo podemos ver en películas que muestran las manadas de bisontes
que ocupaban las praderas norteamericanas antes de la llegada del hombre blanco
o las migraciones de animales pastoreando en las sabanas africanas.
En la actualidad la mayor parte de los rumiantes han sido
domesticados y desempeñan un rol importante en nuestros sistemas económicos,
suministrando gran parte de la carne y casi toda la leche que consumimos. Pero
esa vaca que producía 10
litros diarios de leche ha sido transformada en un
animal que produce 30 o más litros de promedio durante la lactancia, con picos
de 50 o 60 litros
diarios y que, además, debe producir un ternero por año, sin tiempo suficinte
para reponerse entre una lactancia y otra. Los alimentos fibrosos ya no pueden
suministrarle la energía necesaria para alcanzar los niveles de producción
deseados. Se le suministra entonces un carbohidrato mucho más digestible, el
amidón, que forma entre el 50 y el 70% del peso de los granos de cereales.
Las vacas de alta producción reciben hasta el 50% o más
de su dieta bajo la forma de concentrados, que contienen un alto porcentaje de
almidón que, como vimos, es un alimento para el cual su aparato digestivo no
está preparado, especialmente en los niveles a los cuales se suministra. El
problema principal es la acidosis, una acidificación del rumen debida a la
producción de ácido láctico que trae una serie de problemas que pueden ser
mortales. Esta es la acidosis aguda que se observa por sus manifestaciones
espectaculares y que, por la rapidez con que suele producirse, hace que muchas
veces sea imposible salvar la vaca. Pero existe otra forma de manifestación de
la acidosis, menos espectacular y con síntomas mucho menos marcados, que hace
que habitualmente no se la detecte y pase desapercibida. Es la que los
franceses denominan acidosis latente y los angloparlantes SARA (Sub-Acute
Ruminal Acidosis).
En condiciones normales el pH ruminal oscila entre 6,2 y
6,6 porque el forraje se digiere lentamente de modo que la producción de ácidos
grasos volátiles es lenta y cada bocado es masticado hasta poder tragarlo sin mencionar la regurgurgitación
y remasticación que se produce durante la rumia. Toda esta masticación va
acompañada de una abundante producción de saliva que contiene bicarbonato y
neutraliza los ácidos permitiendo mantener al pH entre los límites mencionados.
Cuando la vaca come una ración con un alto porcentaje de granos y, por
consiguiente, con un bajo contenido de fibra, la masticación es mucho menor
porque traga rápidamente cada bocado y en muchos casos la rumia se ve muy
reducida y, en algunos casos, es inexistente de modo que también es mucho menor
la producción de saliva. En estas
situaciones se produce un descenso marcado del pH ruminal, que llega a su
máximo poco después de la ingestión de la ración porque el almidón de los
granos se digiere rápidamente. Luego se absorben los AGV producidos y el pH
ruminal vuelve a elevarse. Si la baja del pH ruminal se mantiene mucho tiempo
se produce ácido láctico que, a diferencia de los AGV es un ácido fuerte. Al
pasar a la sangre produce un desequilibrio que puede llevar a una parálisis
ruminal y la consiguiente, y rápida, muerte por empaste al no poder eliminar
los gases que produce el metabolismo ruminal.
Esto es la acidosis aguda, pero lo más común es que el pH vuelva a subir
hasta que las vacas reciban nuevamente su ración de concentrados. Este mecanismo se repite con cada suministro
de ración, lo que determina un pH ruminal promedio menor al normal, situación
que se denomina acidosis latente. El efecto económico más visible es una
disminución en el consumo de alimentos que causa una baja en la producción de
leche. A esto hay que sumar el efecto en las pezuñas sobre las cuales actúan
las bacterias produciendo pietín con su consiguiente caída en la producción.
Menos visibles pero no menos graves se
observan lesiones sobre el epitelio ruminal pero también sobre el epitelio
intestinal y la aparición de abcesos hepáticos. Los animales afectados tienen
una vida útil más corta. La acidosis es
más común en los primeros meses posparto en las vacas lecheras y en el período
que sigue al encierro en el engorde a corral. En los rodeos de alta producción
de Europa y Estados Unidos entre el 20 y el 30 porciento de las vacas sufren de
acidosis latente.
El INRA francés desarrolló un modelo para evaluar el
peligro de acidosis en los tambos. Midiendo una serie de parámetros en los
distintos alimentos suministrados permite ver claramente cuales están fuera de
sus valores deseables y corregirlos. Los equipos NIRs permiten hacer estas determinaciones rápidamente y a
bajo costo.
Los valores a determinar son ocho:
- Balance catión/anión, meq/MS
- Materia Orgánica degradable en % de la MS
- Concentrados en % de la MS
- Partículas menores a 2mm en % de la MS
- Tamaño medio de partícula en mm
- FDN del forraje en %MS
- FDN de la ración en %MS
- Almidón digestible en el rúmen
- Relación grasa butirosa:proteína en la leche
- Análisis de la bosta
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